William Ospina

My unofficial translation of the opening pages of El País de la Canela by William Ospina from Colombia. This is a marvelous book – part of a trilogy – that narrates the first European descent of the Amazon.

You can read an article (in Spanish) on the book  here

Esta es mi traducción no-oficial de las primeras páginas de El País de la Canela de William Ospina.  The original Spanish is available after the translation – el original en castellano se encuentra después de la traducción.

 

 

The first city that I remember came to me across the sea by ship in the form of my father’s written description of the imperial capital of the Incas. I was twelve when Amaney, my Indian wet nurse, handed me the letter with the sketch it contained of the legendary place. I enriched my father’s description in my mind; there, the city reclined among the peaks of the cordillera, woven from giant gold-clad stones and enclosed within triple ramparts. The blocks of stone were so enormous and heavy that it seemed impossible that mortals could have raised them; and they were set together with such precision that the city had to be the work of gods. Reading my father’s small uniform hand, which was at times enlivened by great horizontal flourishes, I perceived the solidity of the walls that clove to the curves of the mountains, their niches echoing like caverns, their turrets striated with staircases and walkways. I do not know if this image was a faithful record of the city a proud race had built, but it was true to the contours of a child’s imagination.

It was a deeply-set city, neighbour to clouds, lying in a great concave valley slung between the mountains. It was thronged with thousands of colourfully dressed inhabitants, who wore blue tunics beneath finely woven blankets of garnet and pink, embroidered with suns and flowers. They wore thick disks of red wool on their heads, wide as halos, and hats my father could only describe as purple bonnets that flopped against bright yellow brims. Their faces were of a dark copper colour, with Asian cheekbones and enormous brilliantly white teeth. Silent men, men of maize, who herded beasts of burden unknown to us: woolly animals with long necks and pacific eyes that were incredibly surefooted and fleet on the narrow paths that clung to cliff sides above deep chasms.

I was amazed that the most important thing about this city was not the thousands of natives thronging its streets, nor the llamas and vicuñas laden with all the products of the empire. Much more important were the dead kings. Mummies of regal air that presided over the fortresses; embalmed monarchs crouched on golden jewel-encrusted chairs. They were dressed in fine tukapus woven from vicuña wool and were draped in embroidered blankets. Their mahogany-coloured heads were covered in delicate cotton turbans decorated with feathers and topped with the gold-entwined woollen tassel known as the royal mascapaycha. Each dead king still held, in his dry hands, a sling with its shot of solid gold.

On the same day that I learned of the existence of the city I learned also of its destruction. My father wrote his letter to speak of riches. But he did not neglect to tell of how the armoured horsemen rode among the three hundred temples, of how they tossed the bodies of the kings to the ground, scattered their bones on the hillsides and laid waste the fortresses. Already, the day before, as the riders advanced along the sacred valley, they had seen the gleam of the city in the distance and I know that the first to glimpse it felt blinded by its splendour. I tried to imagine the efforts of the invaders, ascending between the slick outcrops on uneven stone-cut steps atop nervous, unsure, horses. I imagined their arrival, accompanied by dissonant cries from the hillside terraces and the helpless flight of the temple guardians. My thoughts dwelt on fragments of battle. A sudden knife-thrust to the face, fingers flying into the air at the passage of a steel sword, a body doubled over at the entry of a dagger, blood that pools for an instant as a head falls to the dusty ground.

Who knows what loneliness my father felt after such a long absence? No doubt he wanted, on a rest day, to offer me everything he had gathered together during years of endless expeditions. Perhaps he wanted to test my schooling by presenting me with a long exercise in reading. Or maybe, feeling that we were unlikely often to meet, he tried for a few hours to be the father I had last seen when very young – to offer me  a piece of magic gleaned from the most extraordinary place he had been to on his journeys. That is why the fantastic city of the Incas was engraved in my memory and why that memory incorporated the image of my father, who had been one of those who destroyed it.

Translation © James Lupton

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La primera ciudad  que  recuerdo vino a mí por los mares en un barco. Era la descripción que nos hizo mi padre en su carta de la capital del imperio de los incas. Yo tenía 16 años cuando Amaney, mi nodriza india, me entregó aquella carta, y en ella el trazado de una ciudad de leyenda que mi imaginación enriqueció de detalles, recostada en las cumbres de la cordillera, tejida de piedras gigantes que la ceñían con triple muralla y que estaban forradas con láminas de oro. Tan pesados y enormes eran los bloques que parecía imposible que alguien hubiera podido llevarlos a lo alto, y estaban encajadas de tanta precisión que insinuaban trabajo de dioses y no de humanos ínfimos. Las letras de mi padre, pequeñas, uniformes, sobresaltadas a veces por grandes trazos solemnes, me hicieron percibir la firmeza de los muros, nichos que resonaban como cavernas, fortalezas estriadas de escalinatas siguiendo los dibujos de la montaña. No sé si esa lectura fue entonces la prueba de las que ciudades que había sido capaz de construir una raza: al menos fue la prueba de las ciudades que es capaz de imaginar un niño.

Era una honda ciudad vecina de las nubes en la concavidad de un valle entre montañas, y la habitaban millares de nativos del reino vestidos de colores: túnicas azules bajo mantas muy finas de rosa y granate, bordadas con soles y flores; gruesos discos de lana roja, amplios como aureolas sobre las cabezas, y sombreros que mi padre solo acertaba a describir como bonetes morados que caían sobre  un vistoso borde amarillo. Gentes de oscuros rostros de cobre, de pómulos asiáticos y grandes dientes blanquísimos; hombres de silencio y maíz que pasaban gobernando rebaños de bestias de carga desconocidas para nosotros, bestias lanosas de largos cuellos y mirada apacible, increíblemente diestras en trotar por cornisas estrechas sobre el abismo.

Me asombró que lo más importante  de la ciudad no fueran esos millares de nativos que se afanaban por ella, ni esos rebaños de llamas y vicuñas cargados con todas las mercaderías del imperio. Lo más importante eran los reyes muertos: momias con aire de majestad que presidian las fortalezas, monarcas embalsamados encogidos en sus sillas de oro y de piedras brillantes, vestidos con finos tukapus de lana de vicuña, cubiertos con mantas bordadas, con turbantes de lana fina adornados de plumas, y encima la mascapaycha real, una borla de lana con incrustaciones de oro sobre los cráneos color de caoba. Cada muerto llevaba todavía en las manos resecas una honda con su piedra arrojadiza de oro puro.

Pero el mismo día en que supe de la existencia de aquella ciudad, supe de su destrucción. Mi padre escribió aquella carta para hablar de riquezas: no dejó de contar como cabalgaron por los trescientos templos los jinetes enfundados en sus corazas, como arrojaron por tierra los cuerpos de los reyes y espolvorearon sus huesos por la montaña y sometieron a pillaje las fortalezas. Ya desde el día anterior los jinetes que avanzaban por el valle sagrado habían percibido la luz de la ciudad sobre la cumbre, y sé que los primeros que la vieron se sintieron cegados por su resplandor. Yo trataba de imaginar el esfuerzo de los invasores ascendiendo sobre potros inhábiles por los peñascos resbaladizos, por desiguales peldaños de piedra, la entrada ebria de gritos en las terrazas, la fuga desvalida de los guardianes de los templos, y mis pensamientos se alargaban en fragmentos de batallas, una cuchillada súbita en un rostro, dedos saltando al paso de la espada de acero, un cuerpo que se encoge al empuje de la daga en el vientre, sangre que flota un instante cuando la cabeza va cayendo en el polvo.

Quien sabe qué nostalgia por tan largas ausencias vino a asaltar a mi padre, y quiso darme en un día de ocio lo que había recogido en anos de incansables expediciones. Tal vez quería poner a prueba con un largo ejercicio de lectura lo que yo aprendía por entonces, o presintiendo que ya no serían muchos nuestros encuentros intentó ser por unas horas el padre que dejé de ver tan temprano, darme un pedazo mágico de su vida en la región más insólita que le habían concedido sus viajes. Por eso la fantástica ciudad de los incas se grabó en mi memoria envolviendo la imagen de mi padre, que había sido uno de sus destructores.

© William Ospina

 

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